Elena Lázaro – Crònica


Sábado, 7 junio: Castellvell del Camp – Sant Joan de Villatorrada (156km, +2.350m)

6pm, salida de Castellvell del Camp.

Se siente esa energía que siempre tienen las salidas. Nervios, ilusión, fin de una larga espera. Y de repente te ves avanzando impulsado por un grupo de ciclistas que se empieza a extender como un gusano alargado rumbo a conquistar La Mussara.

Y es que Kromvojoj del 2025 empezó así, con una buena subida. Pero fue un comienzo especial. Me encanta la zona de las montañas de Prades, una de mis zonas preferidas para bici. Y que el comienzo fuese con salida neutralizada, hizo que la subida a la Mussara fuese una especie de subida social, uno se encontraba continuamente cruzando participantes. Al llegar arriba y con el descenso hacia Alcover ya empezó más el viaje individual.

Carreteras secundarias hasta Igualada, unos 118km. Eran ya sobre las 23:45, y había que buscar sitio para cenar. La vorágine me hizo saltarme un lugar que tenía guardado (de los únicos abiertos a esas horas), y acabé en un bar en medio de una fiesta de barrio donde me hicieron un par de bocadillos (“uno para ahora, otra para más tarde”). Una mujer que tomaba algo junto con su hermano se interesó por qué estaba haciendo por esas horas en bici. Que no eran horas de seguir hasta Manresa de noche. Que había mucho loco suelto en coche. Le dije que era un evento organizado, que estábamos bien “acompañados”, teníamos un track de seguimiento, que tenía luces y chaleco reflectante. Se quedó algo más tranquila, aunque no demasiado. Me regaló unas gominolas para darme fuerzas.

En el camino hacia Manresa ya noté que mi mente empezaba a pensar en el descanso. Mi planificación conllevaba dormir en Manresa. Pero aún así cogí un buen ritmo y avancé ligera hasta llegar. El único inconveniente fue que no había alojamiento disponible en Manresa (había decidido que iba a dormir todos los días bajo techo para poder recuperar fuerzas a tope) y tuve que buscar un hospedaje en Sant Joan de Vilatorrada, desviándome unos kilómetros. Ducha, cenar el segundo bocadillo, y mañana será otro día. Ya son casi las 3am.

Domingo, 8 junio: Sant Joan de Vilatorrada – Campdevànol (144km, +2.450m)

No me desperté pronto, sobre las 8:30, pero tras haberme acostado tan tarde el día anterior, quería descansar. Desayuné en una cafetería abierta del pueblo y puse rumbo a Manresa para volver a coger el track. Hoy las sensaciones eran muy distintas al día anterior. Hasta Vic, unos 60km, avancé más o menos bien.

Pero a partir de Vic el día se me hizo un poco cuesta arriba. El Coll de Bracons me pareció muy duro. Especialmente el tramo final. Incluso diría que en perspectiva, para mí fue de lo que más se me atragantó de todo la ruta. Y para rematar después venía el Coll de Canes, sin gran exigencia pero largo, pero que se me hizo un poco Vía Crucis pensando en llegar a Ripoll. Tenía hambre, pensaba continuamente en qué iba a comer cuando llegase. Tras el desayuno, solo había parado a comer un sándwich y chocolatinas en una gasolinera en Vic (donde me encontré con un par de participantes) y los polvos acuáticos que fui tomando a lo largo de todo el evento.

Es lo que peor gestiono siempre en ruta, la comida. Me pasa lo mismo cuando hago rutas de bikepacking por mi cuenta. No se si algún día aprenderé. Pero llegó la bajada hacia Ripoll. Y por fin ví el cartel de bienvenida. Llegué sobre las 19h, los restaurantes que tenía apuntados aún no estaban abiertos. Así que pasé por el supermercado, compré todo lo que podía llevar en la bicicleta y puse rumbo a mi alojamiento en el siguiente pueblo de Ripoll, Campdevànol.

Fin de rodar ese día. Ducharse, limpiar ropa (lo cumplí todos los días religiosamente) y salir a comprar más comida para antes de ir a dormir. En un bar de la plaza del pueblo me abastecí. La bolsa enorme de patatas fritas fue lo mejor. Estirar suavemente un poco para soltar tensiones y a dormir. Al día siguiente tocaba buen madrugón, teníamos que llegar al CP1 en Coll de la Creueta antes de su cierre a las 9h.

Lunes, 9 junio: Campdevànol – Artigues (124km; +2.280m)

El día comenzó temprano. 5am ya estaba en marcha. Ni habían puesto aún las calles. Pero me encantó la sensación de pedalear de noche rumbo a la Creueta. Tranquilidad absoluta, solo el sonido de la bicicleta rodando sobre el asfalto. Y empezó a amanecer, y seguí subiendo y subiendo. Una curva, otra curva. Parar de vez en cuando a tomar aire y observar el paisaje.

Pero sin pausa, que acechaba el tiempo de cierre del CP1. Poco me encontré en el camino. Algún coche que bajaba de Castellar de n’Hug hacia Ripoll, y ninguna bicicleta. Mucho mejores sensaciones que el día anterior. Tras 30 km de subida en casi 3h (modo caracol ON), llegué al CP1, toqué la puerta de la furgo y enseguida salió Bernat, uno de los 4 organizadores. Me dijo que no estaba seguro de cuándo iba a llegar, porque el gps se había quedado parado a mitad del camino. Y se habían preocupado. Me lo reseteó, me comí el bocadillo que había pedido el día anterior para tener de desayuno y puse rumbo a Puigcerda.

La bajada se me hizo larga y en momentos algo aburrida. No iba muy rápido, porque estaba algo dormida y tenía claro que necesitaba un café. Cuando llegué a Puigcerda (km65; 10:30) el sol ya empezaba a apretar y las temperaturas comenzaban a ser altas. Sería la tónica de cada día a partir de ahora. Me senté en una terraza para tomar el café y comer algo, pasé por la gasolinera a coger algo de picoteo (con una caída como saco de patatas delante de todos los coches: andaba pensando que quería comprar y ahí me quedé sin descalar delante de la puerta y patapum,al suelo) y continué pasando a Francia.

Y después del pico alto de sensaciones por la mañana, ahora venía el bajón. Así son las ultras. Una montaña rusa. Qué cantidad de coches por las carreteras de Francia (y que forma de conducir…). Qué calor. Daba la casualidad que era puente en Francia. Y que venía ola de calor, incluidos los Pirineos. Me arrastré hasta llegar al alojamiento. Solo recuerdo pasos por pueblos entre lagos y estaciones de esquí, que me parecieron anodinos. Mi estado emocional seguramente perjudicó la perspectiva. Por todo esto decidí hacer este día más cortó, y no llegar hasta Ax-les-Thermes (y así dejar Port de Pailherès para la mañana).

A las 15:30 ya estaba en el alojamiento. 124km; +2.160m. Me comí una lasagna que me hizo volver a ver el mundo en positivo. Pero el mal trato de los dueños del alojamiento volvió a dejarme en un estado regulero. El mejor plan parecía irse pronto a dormir, con descanso al día siguiente vería todo diferente. Y había que prepararse. Comenzaban realmente los Pirineos.

Martes, 10 junio: Artigues – Seix (146km; +3.290m)

5:30a.m en marcha. Pero había algo raro. Había estado unas 9h durmiendo, y sentía que había sido contraproducente. Como si el cuerpo hubiese pensado que ya podía relajarse del todo porque habíamos acabado. Todo el cuerpo estaba resentido, pero lo peor fue notar los dedos anular y meñique de ambas manos adormecidos. Había oído que le pasaba a bastante gente en las pruebas de ultraciclismo. Creo que estuve cambiando de posición de manos con bastante frecuencia, e intentando mantener más tiempo aquellas que dejan a las manos en su posición más natural. Pero una mala decisión fue la del día anterior de quitarme los guantes. Hacía tanto calor que a partir de Puigcerda fuí sin ellos. Mientras escribo esto, 3 meses después, el anular y el meñique de la mano derecha tienen días con cierto hormigueo.

Pero había que ponerse en marcha. Cogí el desayuno picnic que me habían preparado a regañadientes en el alojamiento (me recorrió varias veces la idea de que me habían escupido en el bocadillo) y puse rumbo a la cima de Pailhères. Primero unas subidas más o menos tranquilas. Después cruzar un grupo enorme de vacas en medio del camino (poco a poco, sin acercarse demasiado, sobre todo a las que tenían terneritos y saludando “Buenos días, señoras vacas”). Y empezó el zigzagueo loco con curvas de 180º y buen desnivel hasta llegar arriba. Amigos que me escribieron ese día me dijeron: “Bonita subida, ¿verdad?”. No es que me pareciese fea, pero ese zigzagueo continuo no me dejaba observar tanto la inmensidad que a veces puedes percibir haciendo puertos. Arriba ya la cosa fue distinta. El infinito se percibía en todas las direcciones desde la caseta que corona el Coll. Silencio absoluto solo roto por algunas ovejas pastando en torno a una tienda de campaña con un cicloviajero dentro. Aún descansaba, no se oía movimiento. 13km de subida, 7:30a.m.

Bajada larga hasta Ax-les-Thermes. Menos mal que escuché a la gente que me dijo de no dejar el plumas. Bajada con el plumas y las perneras, y aún así casi tiritando al llegar. Kilómetro 32, 8:30 de la mañana. Me merezco dos cafés con dos napolitanas de chocolate. Mientras desayuno, un ciclista que está en la misma panadería me pregunta que estoy realizando. Le cuento, y me dice que a él también le gustan mucho las pruebas con grandes desniveles y kilómetros. Que en unas semanas se va a una en Italia, y que por ello se está preparando. Nos despedimos deseándonos buenas rutas. Es hora de continuar el día, que va a ser largo.

Hasta Tarascon-sur-Ariège hay una carretera agradable entre pueblitos con muchas fuentes y bastante tránsito de bicicletas. Menudo calor empezaba a hacer. Esas fuentes son la salvación. Refrescarse la gorrita y mojarse el maillot. Que sensación de frescor cuando vuelves a rodar. Y en Tarascon decidí ir al McDonalds. Son las 12h y ya van 73km. Avanzaba a buen ritmo el día. Había visto stories del día anterior de participantes que se habían parado ahí, y aunque no suelo comer allí, tenía mono.

Cuando me paré a comer en la terraza del McDonalds, el calor era insoportable. Una pareja me dijo que con ese calor no era buena idea salir en bici. Estaba de acuerdo, pero en este caso era necesario avanzar. Y tuvo sus consecuencias. El camino hasta Val-de-S fue muy duro. Era una recta sin apenas desnivel. Pero no avanzaba.

Y a medio camino, entre todo lo que había comido, el calor asfixiante y que estaba a punto de venirme la regla, me descompuse completamente. Paré en una especie de área de descanso con baño, y me tumbé a descansar y recomponer el cuerpo. Decidí avanzar poco a poco hasta Val-de-Sos y quedarme allí al lado del río hasta que empezase a bajar un poco el calor. 90km, son las 14:30. Tocaba después el Port de Lers. Me quedo descansando y echando en un banco al lado del río hasta las 16h. Creo que ya estoy preparada para lo que viene.

Calor aún comenzando el puerto. Pero mejora a medio camino. Llegó al primer punto alto del puerto, y ahora entiendo el desnivel que decía el Garmin (poco me parecía lo que decía). Hay una larga bajada a mitad hasta un lago con un chiringuito, para luego volver a hacer otra subida. Esto no me lo esperaba. Pero bueno, ya no hace calor. Xino-xano. Y así llegué a Aulus-les-Bains, donde me comí un helado que me sentó a gloria. Hago los últimos 23 kilómetros hasta Seix, donde me quedaría a dormir. Cuando llegué, otro participante, Josep de Agramunt, me estaba esperando para cenar. En breves iban a cerrar la cocina (20h30, uno debe adaptarse a los horarios franceses). ¡Menudo día!

Miércoles, 11 junio: Seix – Bagnères de Luchon (133km; +3.310m)

El pronóstico daba algunas lluvias de tarde. Pero decidí no madrugar en exceso, el día anterior había sido largo. Arranqué sobre las 8am. Plato fuerte del día: CP2 Port de Balès. Había oído sobre todo lamentos de otros participantes en los audios que enviaban al podcast de La Escapada (el podcast que me acompañó día a día para alegrar y hacer más amenos los ascensos). Pero ese sería el fin del día antes de llegar a Bagnères de Luchon, antes quedaba mucho día.

Para empezar el día el Col de la Core. Ahora mientras escribo los puertos que pasaba, me doy cuenta que en el momento iba subiendo puertos sin ni pensar cuales eran. Incluso cuando veía el cartel que decía el nombre le hacía poco caso (debe ser alguna forma de distracción que hacía mi cerebro, para ir avanzando sin pensar que nos quedaba). Tras 30km, sobre las 10h ya estaba en Castillon-en-Couserans. Perfecta hora para el desayuno: un cafecito y bien de dulces de boulangerie.

Cuando estoy saliendo del pueblo, algo no va bien. El cambio de la piñonera no funcionaba. Rodé un poco para seguir probando y nada. Se me vino el mundo abajo. Todos los pensamientos negativos que de repente se te arremolinan en la cabeza. Cuando estaba entrando en bucle, una chica en bici se para al lado mío y me pregunta si todo está bien. Le expliqué la situación y me dijo que en Castillon hay un mecánico. Me acerqué al mecánico, y resultó que es un mecánico todo en uno. Coches, motos, bicis, herramientas de labranza. En el momento que llegué estaba arreglando un segadora. Le expliqué y tras decirle que es cambio electrónico, me dijo que de eso no tiene ni idea. Probé al menos conectarlo a la red, a ver si revivía de milagro. Pero nada. Solo le daba vueltas a en qué momento elegí un cambio electrónico. En esas estoy, cuando veo un Whatsapp de un amigo que me pregunta si todo va bien, que me ha visto en el DotWatcher salir del pueblo para al de poco rato volver. Le explico la situación y me dice, “pues mira, me sale un mecánico de bicicletas en el siguiente pueblo”. Llamé rápidamente al mecánico y le pregunté si me podía pasar. Me dijo que iba a salir ya, que tenía un día de compras. Le pido si puede esperar. Le explico la situación. Y me dice que sí, que me espera. Me arrastro como puedo hasta allí.

Y resumiendo un poco la historia, estamos 1h larga. Al principio todo pinta negro. No sabe de cambio electrónico mucho, y me dice que seguramente tenga que irme hasta Saint Girons para arreglarlo. Destino lejos y totalmente fuera del track. Me siento un rato mientras toquetea la bici y va probando. Y ya empiezo a ser consciente y aceptar que seguramente aquí acaba la aventura. Aún así de vez en cuando pienso un “por favooor” que no sé ni a quién dirijo. Seguramente esperando que capte el mensaje alguien más arriba. Me pasa por la cabeza la idea de llamar al mecánico de Barcelona. Y menos mal, entre los tres con el manos libres, acabamos consiguiendo resetear el cambio y que funcione. No me lo creo. Estoy en una nube. El mecánico me dice que no me cobra nada. Qué ánimo en lo que estoy haciendo. Le repito muchas veces gracias y parto.

Toca el Col de Portet-d’Aspet. Pero a pesar del tiempo perdido y de que toca puerto, ni me doy cuenta. Lo subo en esa nube en la que me mantengo. Subidón, subidón. Me pasa una grupeta de paisanos vascos. ¡Aupa! Y poco a poco sigo avanzando hacia Mauleón-Barousse, último pueblo antes de afrontar Balès.

Justo cuando me queda poco para llegar al pueblo, me encuentro comiendo en un bar a dos participantes: de nuevo Josep y Marc. Y me uno para comer algo antes de afrontar el puerto final. Al cabo de un rato llega Pau, que hace la prueba en pareja junto a Marc. Se empieza a poner más oscuro. Parece que la lluvia viene. Josep y Marc parten. Y al de un rato yo también.

Y sí, cuando empiezo a subir llegó la tormenta. Rayos y truenos locos. Me pongo todo el material de lluvia, pero diluvia y la tormenta está encima mío. Decido esperar. Pasa y se despeja. Me muero de calor con la ropa de lluvia. Otra vez a parar para desvestir. Y Balès, pues mira, no se hace tan mal. No hace calor, cuando se pone muy empinado me bajo y empujo un rato. Casi llegando a cima me encuentro con Josep. Llegamos al CP2. Sorpresa de que está Laura, a quién había conocido en una quedada ciclista de mujeres. Breve puesta al día y bajo con Josep hasta Bagneres. Todo está cerrado o cerrando. Nos compramos unas pizzas. Sientan a gloria. Casi hemos salido de los Pirineos. Se huele más cerca el posible final.

Jueves, 12 junio: Bagnères de Luchon – Tremp (124km; +2.220m)

Parto junto a Josep. Ni demasiado pronto, ni demasiado tarde. Sería sobre las 7am. Nos dirigimos hacia el Portillón.

No había nada abierto aún para desayunar. La noche anterior pensé que desayunaría las sobras de pizza, pero a primera hora del día no me pareció una idea muy tentadora. El cafecito y el bocata tendrían que esperar hasta Vielha. Tenía en mente que el Portillón sería un paseito fácil, alguien me había comentado eso. Así que buena fue muy sorpresa en los últimos tramos con sus buenas pendientes antes de coronar. Una vez conseguido me vino un pensamiento de que lo más difícil ya estaba hecho. Solo había que continuar pedaleando poco a poco pero sin pausa hasta la meta. Bajada hasta Vielha, no sin antes un tramo de carretera compartido con mucho coche y camión. Bastante pestoso.

Desayune junto a Josep en una pastelería que recomendó (de gente de Agramunt). Me supo todo a gloria. Era justo lo que necesitaba para coger alegría y continuar con el día. Pero antes de seguir rodando, decidí pasarme por un mecánico para revisar el cambio electrónico. no quería más sustos en los últimos compases de la Kromvo. Me despedí de Josep, y me acerque al mecánico que tenía guardado. Muy majo, me lo reviso, me dijo que no veía nada y me deseo mucha suerte para acabar lo que me quedaba. Esta vez tampoco me cobró nada. Sorprendente todavía puede ser este mundo. Entre pitos y flautas he pasado ya una hora en Vielha. Son pasadas las 11am y empieza a hacer buen calor. Siguen las temperaturas altísimas, y no pinta bien la perspectiva de cara a atravesar Lleida (zona de Cataluña donde se dan algunas de las temperaturas más altas).

La subida hasta llegar al comienzo del túnel de Vielha se me hizo larga. Coches y camiones de forma continua a mi lado no ayudaban. Cuando llegue, llamadita a central para pedir cortar el carril derecho, poner chaleco y luces. Me pregunta la chica: “De dónde vienes, Norte o Sur”. Me costó un rato encontrar la respuesta en mi cerebro. Eso podría ya decir bastante de mi situación a nivel global. Y aun lo note mas dentro del túnel: se estaba agusto por el fresquito (afuera ya comenzaba a hacer muchísimo calor), pero el ruido era atronador. O eso me pareció a mi en ese momento. Me sentí abrumada, sobrepasada, y lo que no había pasado en ningún momento antes en la carrera, ocurrió. Alguna lágrima se arrastró por mi cara. Me dije a mi misma que eso estaba bien, que era bueno soltar presión, y que además la regla (que estaba ya presente), hacía de las suyas. Ay la regla (o mejor dicho, el ciclo menstrual)… poco se habla de cómo puede afectar a la práctica deportiva. Lo dejaremos para otro día. Ya veía la luz al final del túnel.

Al salir, la inmensidad en el frente de todo lo que tocaba bajar. Una pena que el viento estuviera en contra e hiciese no tan rápida y alegre la bajada. Cuando ya se puso llano, la realidad me abofeteó. Hacía un calor de locos. Sobre las 13:30 paré en una gasolinera antes de llegar a El Pont de Suert a tomar algo fresquito y decidí que iba a llegar hasta Tremp. No más. Es suficiente, y más con ese calor.

Y llega el Coll de Comiols. No demasiado duro en sí de pendiente, pero horror de calor. no encuentro ni una sombra. Me estoy derritiendo. Cuando salgo al llano y ya me dirijo hacia La Pobla de Segur se ve como si la carretera se derritiera. Como cuando miras el desierto.​ Interminable el camino hasta llegar, solo quiero quitarme los zapatos y calcetines y comerme un Calippo. De camino a la gasolinera de La Pobla, me encuentro con Josep que está acabando de comer y que parte ya para intentar llegar en el día hasta Agramunt. Le digo que tenga cuidado a nivel de hidratación, porque el día está durísimo. Pero siendo de la zona, creo que conocía bien la perspectiva que le esperaba. Tremp está a nada. El alojamiento fresquito que he reservado está a nada. Pero no quiero salir. No quiero ponerme al sol. No quiero volverme a derretir. Y así pasó casi 1h en la gasolinera hasta las 16:30. Pero aún es pronto en el día y quedan un par de horas para que baje el calor. Hay que arriesgarse para llegar. Me mojo de arriba a abajo y salgo a la pelea. Un, dos, un dos. Veo Tremp. Estoy llegando. Ya está. Acabo el día de pedalear por hoy. solo hay que comer, comer, comer y descansar. Que mañana será otro día.

Viernes, 13 junio: Tremp – Castellvell del Camp (195km; +2.720m)

El día anterior había estado con el dilema continuo de si afrontar lo que quedaba hasta llegar a Castellvell del Camp del tirón, o dejarlo en dos etapas, llegando a meta el sabado (ultimo dia). No lo tenía nada claro, así que la noche anterior había decidido que madrugaria y luego iría viendo las sensaciones a lo largo del día. Sobre las 4:30 ya salía de Tremp. La luna acompañó esas primeras pedaladas. Que bien se estaba de noche, que bien se estaba sin el sol. La temperatura era ideal. La subida así era ideal. Y ya cuando comenzaba a amanecer la bajada hasta Artesa de Segre. Cuando estaba llegando a Artesa vi una furgoneta parada y una persona apuntando con su cámara hacia mi. Ahí estaba Jordi, fotógrafo de la organización, listo para unas capturas matutinas.

Entré a Artesa a desayunar, y Jordi vino a sacar algunas fotografías mientras me comía mi ración de bocadillos, napolitanas y cafés. Las fotos muestran perfectamente mi situ22ación entre llevar casi una semana rodando, y no haber todavía tomado la suficiente cafeína para funcionar correctamente. Cansancio puro. Tras desayunar, Jordi me hace algunas tomas más. Geniales, recuerdos para siempre.

Aquí están las rectas de Lleida. La planicie. Y me siento fuerte. Ruedo rápido. Avanzo rápido. Creo que voy a llegar hoy. Pero ahí aparece el calor. Paro en una gasolinera a tomar algo y refrescar, y el señor de la gasolinera me dice que no es buen momento para pedalear. Que tenía que haber salido antes. Le comento que he salido a las 4:30 y lo que estoy haciendo. No tiene entonces mucho más que añadir más allá de desearme suerte y seguramente pensar por dentro, que menudos locos hay por el mundo. Pero el día mejora. Aparece Sara en su coche, a quien conocí en el mismo evento de mujeres que Laura del CP2, y paramos a tomar algo en Bellpuig.

El reseteo me hace ver todo positivo otra vez. Ya casi solo quedan las montañas de Prades. Mis queridas montañas de Prades, donde tantas veces he huido para desconectar en sus carreteras y caminos tranquilos. Paro en un restaurante en Vallclara sobre las 14:30 antes de afrontar la subida hasta Prades. Como y recupero fuerzas, y al ver que sigue haciendo mucho calor decido ir al parquecito de al lado del restaurante y echarme una siesta a la siesta. Qué placer.

Subida al calor hasta Prades, pero ya saboreo la llegada. En Prades me reciben Erkuden y Nuria, que están pasando el día en Prades. También del programa Sponsoreco, en este caso en pareja. Tuvieron que descontinuar al tercer día, pero siguieron haciendo una ruta por su cuenta para llegar a la celebración del sábado en Castellvell.

Sigamos, ya todo bajada hasta Reus. Menuda mentira a mi cerebro. Y pasaría factura. Todavía quedaban unos volteos, y el camino no era directo a Reus. Me acuerdo un rato de los organizadores y pienso que seguramente les pareció buena idea que no fuera camino recto ya de llegada. Intento volver a un bucle sin mucho pensamiento. Rodar, rodar. Seguir, seguir. Y llegó a la recta final que lleva a Castellvell del Camp. Y entró a meta. Al punto de partida. Han pasado 6d 1h. En mi interior, ha pasado mucho más que ese tiempo. Tendré que dejar un tiempo para digerirlo. Ahora a comer, descansar y prepararse para la fiesta de cierre final al día siguiente.

¡Menuda aventura!


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