Anna Buixadera


Mañana mismo volvería a empezar.

Cuando hice la solicitud para entrar en el programa Sponsoreco lo hice no porque tuviera claro que quería participar, sino porque no me atrevía a simplemente inscribirme. No confiaba en ser capaz de recorrer esos casi 1.400 km sola. Me encontraba en un punto en el que la bicicleta solo me aportaba frustración. Entrenaba pero no me sentía bien, el rendimiento no era el mismo que un tiempo atrás (tras un accidente), no disfrutaba y, cuanto menos disfrutaba, menos ganas, menos motivación y, otra vez, menos rendimiento. Estaba en un círculo del que no podía salir.

Descubrí la Kromvojoj y su programa y decidí que, como me gustaba eso de recorrer largas distancias, participar en algo así podría ser una forma de motivarme a subir a la bici y hacerlo de una nueva forma, sin mirar vatios, tiempos… solo dedicando esfuerzos a disfrutar del momento. Me inscribí con ilusión pero sin pensarlo demasiado. La realidad es que pensaba que no me aceptarían en el programa.

Cuando me comunicaron que estaba dentro apareció toda la inseguridad y desconfianza en mí misma. Me asusté, estuve a punto de rechazarlo. Habría sido un gran error. Motivada por mi pareja (que, en cierto modo, no me dejó rechazarlo), decidí tirarme a la piscina y aceptar. A partir de ese día todo cambió.

La Kromvojoj, para mí, no han sido solo los 7 días que tienes para finalizarla, han sido meses. Meses que han cambiado no solo la forma y mentalidad en la que me subo a la bicicleta, sino que me han cambiado a mí. Me han dado seguridad, confianza y me han hecho ver que, con esfuerzo y ganas, soy capaz de todo lo que me proponga.
Entrenando descubrí el mundo brevet y, con él, a grandes personas. Personas que me aconsejaron, me animaron, que me enseñaron una nueva forma de ver y disfrutar del ciclismo, que con sus… “te veo muy bien, seguro que lo consigues” me empujaban a seguir adelante.

Conocí a mis compañeras de Sponsoreco, con las que, junto a Oriol, hacíamos las sesiones/reuniones para acompañarnos en el proceso. Reuniones que al final nos servían para compartir aquellos miedos, dudas y nervios a medida que se acercaba la fecha. Sin ellas, tampoco habría sido lo mismo. Me llevo no solo compañeras de programa, también amigas.
Porque aunque no compartas la experiencia en sí, compartes esas mismas inquietudes, nervios, ideas o estrategias que se te ocurren para afrontar el recorrido. Te das apoyo, recibes ánimos y, al final, los logros de una son los de todas.
Ver cómo, a 20 km de meta, aparecen esas personas (Laura y Roger) para darte los últimos ánimos para volar hacia la meta, muestra lo que significa formar parte del programa, lo especial que es.

Pero volviendo a Kromvojoj; planifiqué cada uno de los días, compré todo lo que creía que podía necesitar en versión “mini” o “lightweight” y, llegado el momento, no sé cuántas veces hice y deshice las bolsas pensando en qué necesitaba sí o sí llevar, qué no, qué podía necesitar para salir de algún apuro, qué pesaba demasiado, qué no… ¡Una locura!
Al final, la bici seguía pesando una barbaridad y no sabía cómo sería capaz de subir todo a los mil puertos de la ruta, pero al arrancar, todos los miedos desaparecieron.

Viví mis 5 días y 18 horas de Kromvojoj como quería, como me había propuesto, disfrutando de cada momento, viviendo cada instante intensamente.

Me reí con otros participantes cuando hacíamos bromas sobre los bocadillos de tortilla que llevaba atados a la bolsa de la bici, grité de alegría mientras bajaba puertos interminables, cantaba y bailaba encima de la bici para que pasaran más rápidos los km de subida de algunos puertos y también lloré (y mucho) cuando me emocionaba por llegar a la cima, por recibir mensajes de apoyo de gente que no me esperaba y al ver que me estaba acercando cada vez más a mi objetivo: llegar a meta.

Al final, hubo días de todo, días en que me preguntaban qué me pasaba y cómo iba tan rápido y respondía: “hoy estoy estelar”, y otros en que mi cara era pura desesperación por no ver el final de la subida, por no sentirme bien…
Pero al final, me di cuenta de que todo se resolvía con: comer, dormir o bailar (llámalo también gritar o cantar, lo que fuera que pudiera levantarme el ánimo) o, al menos, así lo hice yo.

Metida de lleno en la Kromvojoj, todo era más simple, no necesitaba más que una de esas 3 cosas. Me sentía libre.
Pero lo mejor que me llevo y que recordaré siempre es la gente de la que esos días me vi rodeada.
Jaume, con el que buscábamos sombras subiendo Coll d’Ares a 42 grados; Enric y su patito de goma, con el que habla cuando se aburre; Jordi, uno de los fotógrafos, que de vez en cuando aparecía y me acompañaba en mi desayuno de croissant o en un rato de ruta y con el que podía charlar un rato (yo no llevaba patito, pero para la próxima seguro que me hago con uno); y muchos otros, como Grace, que los primeros días iba apareciendo en mi camino, Oliver, con quien hacíamos quinielas sobre si nos iba o no a llover en Berga… y podría seguir un buen rato más…

Así que GRACIAS, gracias Kromvojoj y Sponsoreco por el regalo que me hicisteis. Por confiar en mí, por darme la oportunidad, por acompañarme en el proceso.

Porque al final, si no hubiese sido por el programa y, por lo tanto, por vosotros, por lo que hacéis y cómo lo hacéis, ahora no estaría escribiendo estas líneas.

GRACIAS por regalarme lo que ha sido la mejor experiencia de mi vida.

Y a todas aquellas mujeres que dudan, que creen que no son capaces, que piensan que algo así no está a su alcance, os digo que no es así, que se puede, podemos. Y cuando confiamos en nosotras, la Kromvojoj me ha demostrado que podemos acabar descubriendo que podemos con lo que nos proponemos, que somos más fuertes de lo que pensamos.


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